sábado, 16 de noviembre de 2013

¡Dios tiene el control!

¿Has pensado alguna vez que lo que te ha ocurrido es el fin? ¿Has querido morirte porque crees que no vas a superar lo que te está doliendo hoy? Yo te entiendo...

Cuando el 08 de marzo de 2005 me dijeron que mi cuerpo iría perdiendo la fuerza paulatinamente hasta llegar al punto en que mis pulmones y corazón se "dormirían" y que mi deceso se debería a un paro cardio-respiratorio, no fue uno de los mejores días de mi vida... y si le sumamos a la trágica noticia, los ojos de una madre (la mía) a punto de explotar en llanto, mis amigos y amigas les confieso que en ese momento quería que un bloque del techo de ese pequeño y sombrío consultorio del hospital cayera sobre mí y cortara mi existencia de un solo golpe.

Podía aceptar mi sentencia, ya que mis últimos años antes de esa noticia no eran motivo de orgullo, había desperdiciado parte de mi juventud en una vida sórdida y vacía, pero lo que no podía aceptar y me odiaba por eso, era causarle el mayor dolor a la mujer que me había dado la vida, a la que había luchado contra todo y contra todos para que yo existiera, eso señoras y señores, no me lo perdonaría...

En ese mal iluminado pasillo de hospital, mi madre me miró y solo dijo cuatro palabras que hasta hoy continúan retumbando en mi cabeza: ¡Dios tiene el control! En ese momento me pareció incomprensible, hasta ridículo, pero años después tiene una gloriosa lógica.

Los meses siguientes fueron todo un tormento. Ya no pude trabajar, llamadas iban y venían para conocer mi condición, y yo no quería recibirlas. Mi masa muscular comenzó a disminuir; tenía que caminar con ayuda; me atacaban las miradas de lástima y compasión; mi enfermizo orgullo hizo su aparición, inyectándome cada día de amargura y resentimiento... ¿qué Dios tiene el control? Patrañas. ¡Dios se olvidó de mí!
 
No soportaba ver a nadie feliz, vivaz, saludable. Hice de todo para que nadie que estuviera a mi alrededor sonriera, echaba a perder sus tiempos de comida, sus buenas noticias y sus triunfos, todo porque yo lo había perdido todo: mi autonomía, mi buen aspecto físico, mi dinero, mis "affairs", según yo, había perdido mi "libertad".
 
En tal estado amargura y sucidio social, varias veces pensé en quitarme la vida: dejaba de tomar los medicamentos, o me tomaba mayores dosis que la prescripta, cuando perdía la fuerza en mis piernas, me dejaba ir procurando caer de cabeza para desnucarme, pero no, todos los intentos fueron fallidos.
 
Estando en esa condición, me invadió un nuevo mal: una infección hepática y en los riñones. Esto era el tiro de gracia, que tantas noches había pedido, pero no, esto no era mi redención. A pesar de mi resentimiento y enfado con Dios, siempre he sido consciente de que hay un cielo y un infierno, y alistándome para partir de este mundo, comencé a nombrar cada fantasma de mi armario en busca de que me perdonara el Ser con quien más estaba enojado en el mundo. Sintiéndome en paz para morir, una voz en mi corazón susurró diciendo: ¿y tu familia? ¿quién la sostendrá?

Del 2000 al 2007 había pensado en mí, solo en mí y en nadie más que en mí, pero en ese instante las personas que desterré de mi mente y corazón, comenzaron a volverse una preocupación y una necesidad. Es entonces, cuando pido una oportunidad más para enmendar viejos errores, rogándole a Dios que me permitiera vivir; clamando por la vida me dormí profundamente.
Al día siguiente, el calor de la mañana me despertó y para mi sorpresa: ¡Estaba vivo! La fiebre había cedido, el apetito retornó y mis riñones habían producido la orina más cristalina que jamás había visto. ¡Dios me había dado esa oportunidad!

Desde ese 13 de agosto de 2007 lucho incansablemente por vivir, por ser alguien de quien mi familia se sienta orgullosa, por ser inspiración para aquellos que quieran rendirse, procurando darle calidad de vida a mi cuerpo y a mi alma.

No niego que en ocasiones quiero tirar la toalla, rendirme, pero saber que mi existencia obedece a un propósito divino, me hace cada día volverme a levantar. No quiero que me mal interpreten, no quiero que piensen que soy altivo, vanidoso o arrogante al decir que sé que alguien en este mundo necesita de mí, porque han de saber que ustedes y yo somos observados constantemente; ellos y ellas están esperando que tú y yo nos rindamos para ellos tener una excusa para renunciar, también esperan que te levantes y triunfes para decir: Si él pudo ¡Yo también puedo!

Hoy estoy convencido que las palabras de mi madre ese 8 de marzo de 2005 son una rotunda y absoluta verdad: ¡Dios tiene el control! Todo lo malo, horrible y trágico que me ha pasado, él lo utilizó para hacer algo MARAVILLOSO y EXTRAORDINARIO.

La fe no es solo la denominación religiosa a la que perteneces, o un momento de milagros, la fe es la actitud que tomas ante la adversidad, es la antítesis del temor, es el ancla que impide que el mar de la incertidumbre te haga naufragar.

Te invito a creerle a Dios y a creer que tu vida no es una casualidad, un producto del azar o una mala decisión, tu vida es parte de un engranaje. Dios te necesita, yo te necesito, el mundo te necesita.

Hasta pronto,

Jonathan Santana.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario